La separación por el sufrimiento

cristo

La preparación para la tremenda empresa de permanecer consciente a través de la muerte, debe consistir en hacerse intensamente consciente de sí mismo durante la vida. Algún principio de conciencia debe haber ya emergido del cuerpo, y haberse logrado al estudiar todas las manifestaciones de ese cuerpo en forma objetiva en las condiciones favorables de la existencia física, antes de que se plantee la cuestión de la conciencia de sí mismo en la muerte. Este principio de conciencia debe aprender a recordarse a sí mismo, es decir, recordar ahora todas las manifestaciones de su cuerpo físico y sus relaciones con él. No hay otra manera de conseguir que la memoria se conserve en un tiempo distinto.

Luchando por la conciencia durante la vida corporal, nos encontramos así en la situación de un hombre que va en una pequeña embarcación a la deriva, que ha empezado a hacer agua, y que trata de aprender a nadar en tanto la embarcación no se hunda, pues sabe que será demasiado tarde cuando esto suceda. Este poder “nadar” en otro mundo, esta adquisición de un principio permanente de conciencia, está relacionado con la creación intencional de un alma.

Dejando a un lado por el momento el ejemplo de los grandes místicos y maestros religiosos, podemos ver claramente que es éste el camino que ha sido hollado por muchos de los más grandes escritores, artistas y músicos, cuyo secreto no podremos comprender si no admitimos esa posibilidad.

En las obras de Shakespeare, por ejemplo, sentimos un tremendo “crescendo” de comprensión por todas las debilidades, pasiones, luchas, aspiraciones y sacrificios de los hombres, que solamente pudieron surgir del descubrimiento de todos los aspectos de la naturaleza humana en él mismo, es decir, de su auto-conciencia. Al mismo tiempo, al percibir y expresar tan vívidamente todas las pasiones mortales, sentimos que algo en Shakespeare se ha separado gradualmente de ellas, recordándolas todas y sin embargo permaneciendo aparte de ellas. En “Julio César”, “Macbeth”, “Hamlet”, vemos retratado con muchos rostros a ese mismo hombre que vive a través de los más grandes sufrimientos y tragedias que la vida puede traer y en el cual, sin embargo, algo comienza ya a existir aparte de ellos y aparte de sus propios sentimientos humanos respecto a ellos. Es este mismo poder el que da a todos sus personajes su curioso sentido de inefectividad, si se miden por los patrones mundanos comunes. Se mueven ya en un camino diferente del resto de la humanidad, sus vidas carecen ya de sentido desde el punto de vista de los resultados mundanos; pues comienzan a recordarse de sí mismos.

Un ejemplo más vívido aún puede encontrarse en la larga serie de autorretratos de Rembrandt, los que, tomados en conjunto, se acercan al retrato del “cuerpo largo” del hombre, por lo menos tanto como cualquier intento en el arte o en la literatura. Desde muy temprano encontramos a Rembrandt tratando de “verse a sí mismo” y registrando, con una objetividad terrible, momentos de temor, de estupidez, de alegría desbordante, o cuando se sorprende a sí mismo enteramente desprevenido y perdido en una inconciencia casi bestial. Gradualmente logra separarse a sí mismo más y más de esas manifestaciones humanas de Rembrandt, hasta que en los últimos autorretratos parece ver el total del hombre desde el exterior. Se tiene una impresión irresistible de que el reconocimiento se ha separado de la frágil humanidad y que Rembrandt se recuerda a sí mismo en una forma enteramente distinta a aquélla en que lo hacen los hombres comunes.

Hay otro aspecto de este mismo proceso. Evidentemente uno de los requisitos para escapar de ciertas y determinadas condiciones de la vida, ciertas limitaciones físicas, es que todas o la mayor parte de las posibilidades inherentes a esas limitaciones deben primeramente cumplirse. Los hombres ordinarios están condenados a la repetición de sus vidas porque todavía no han comenzado a hacerse conscientes de las posibilidades que esas vidas contienen. Con hombres como Rembrandt o Shakespeare, la situación es muy distinta. La cantidad de observación y comprensión respecto de cada aspecto y situación de la vida humana, de cada clase y tipo de ser humano que ha sido extraída de la vida material de Shakespeare, es incalculable.

La repetición se debe a falta de comprensión. Es el mecanismo por el cual cada individuo recibe otra oportunidad para entender más, para hacerse más consciente en sus condiciones presentes —puesto que si no puede dominarlas, es indudable que no será capaz de dominar otras menos familiares. Pero Shakespeare y Rembrandt han alcanzado ya y librado inmensas cantidades de comprensión de sus propias vidas, y es así casi inconcebible que tales vidas se repitan en la forma que deben hacerlo las vidas inconscientes.

Por ejemplo, es imposible creer que Shakespeare deba escribir otra vez “Hamlet”. Lo hizo una vez —a perfección. Repetir la perfección implica una especie de derroche que no está previsto por las leyes cósmicas. La imperfección se repite, la perfección no. Y, sin embargo, “Hamlet” existe en la historia. Innumerables representaciones de esta obra han ocupado a cientos de actores y productores, han influido en muchos miles de espectadores, han creado modas, frases, orientaciones de pensamiento que matizan toda nuestra civilización y han pasado aun a los aspectos más mecánicos de ella. Por lo tanto, alguien debe escribir “Hamlet”.

Para escapar de la repetición, ‘Shakespeare’ debe enseñar a alguien más a escribir ‘Hamlet’. Debe poner a otra persona en su lugar. Entonces él quedará libre para otras tareas. Y, de hecho, este ejemplo es bastante bueno, pues en la famosa controversia Bacon-Shakespeare, podemos ver la huella confusa en el tiempo ordinario de la autoría de una gran obra histórica pasando de un individuo a otro en sucesivas repeticiones o recurrencias.

¿Cómo llegaron esos hombres a su extraña situación en los límites de la libertad? Su característica más sobresaliente es un intenso deseo de ver objetivamente —incluso a sí mismos. Pero aparte de ello, no podemos menos que sentirnos impresionados por el extraño papel que parecen haber desempeñado los sufrimientos en ellos. Una y otra vez vemos, al estudiar la vida de estos genios creadores, una gran tragedia o un gran sufrimiento que parece inevitable, que ellos no tratan de evitar y que, en alguna forma curiosa, parecen necesitar. Es como si en cierto punto de objetividad creciente hacia sí mismos, ninguna experiencia ordinaria fuese suficientemente fuerte: Nada que no sea el sufrimiento es una prueba suficiente para su fuerza adquirida.

Esto es particularmente cierto respecto de tales hombres cuando se aproximan a la muerte. Rembrandt, después de su magnífica carrera, murió enfermo, olvidado y absolutamente solo. Beethoven, sordo, hecho pedazos, desamparado y abandonado, fue olvidado por el mozo borrachín al que envió en busca del médico. Tolstoi murió en una estación provinciana de ferrocarril cuando, a la edad de ochenta y dos años, escapó en una peregrinación imposible al Tibet. Newton había sobrepasado en tal forma las reacciones ordinarias, que se le trató como a un loco; y lo mismo ocurrió con Nietzsche.

Ciertamente la muerte de todo hombre es trágica y solitaria. Pero en estos casos, la tragedia y el sufrimiento parecen jugar un papel bastante distinto del que juegan en las vidas de los hombres ordinarios. Estos sufren inútil y vanamente, y para ellos el esfuerzo por evitar un mal innecesario, es indudablemente justo. Pero ya en algunos de esos otros casos, el elemento bastante distinto del sufrimiento intencional, parece entrar en juego. El sufrimiento no es evitado, y es incluso buscado, simplemente porque es la cosa más dura con la que el hombre tiene que luchar, y la mayor prueba del poder adquirido de separar su conciencia de sus manifestaciones corporales y mirarlas desde arriba y en forma objetiva.

Cuando llegamos a los grandes maestros religiosos de la humanidad, encontramos estos sufrimientos deliberados llevados a extremos que, desde el punto de vista del hombre común y corriente, son enteramente incomprensibles. Una sola palabra a Pilatos pudo haber cambiado todo, pero Cristo no hace nada por evitar su crucifixión y, en verdad, actúa en tal forma, dadas las circunstancias y la actitud del pueblo, que la hace inevitable. Sócrates, ante el Senado ateniense, se conduce en forma semejante. El Buda, a sabiendas, come el alimento envenenado que le ofrece el herrero de una aldea a la orilla del camino. En tanto que Milarepa, el santo tibetano, cuando un “experto” celoso promete a su amante una turquesa a cambio de que le de al sabio un tazón de leche cuajada envenenada, (Milarepa) primero manda a la mujer a cobrar por su trabajo y después acepta deliberadamente la copa. En cada uno de estos casos parece claro, a través de las versiones de los narradores, que tal muerte va acompañada de una agonía terrible, prevista con toda claridad y deliberadamente provocada.

Deben tener muchos significados tales sufrimientos, la mayoría de los cuales permanecen incomprensibles para nosotros. Sin embargo, recuérdese todo lo que se ha dicho acerca de la posibilidad de escapar del ciclo de vidas humanas llevando consigo una plena conciencia y memoria a través de la muerte, en el momento de la liberación en el mundo electrónico. Y cómo la conciencia para endurecerse y templarse en esta prueba, tendría que haber comprobado de antemano su capacidad para resistir los más terribles choques y las mayores desventuras que el mundo humano pudiera ofrecerle.

Desde cierto punto de vista, por lo menos, el incurrir deliberadamente en grandes sufrimientos, precisamente antes de la muerte, debe ser para acostumbrar a la conciencia a tales choques y así permitirle resistir la transición final sin flaquear. El dominio sobre el gran dolor, le da la intensidad, el “vuelo” necesario para continuar ya separada del cuerpo; le permite como si dijéramos, “emprender el vuelo” por sí sola.

El sufrimiento es el medio principal por el cual una parte del mecanismo humano puede separarse de la otra. Aun en el caso de una visita al dentista, es posible que un hombre sienta, “Ello sufre, pero yo no sufro”; en tanto que sentado en un cómodo sillón, en una habitación a temperatura agradable y después de una buena comida, es prácticamente imposible para él inducir una sensación semejante.

Tal separación o división, cuando se lleva lejos, libera tremendas cantidades de energía emocional. Ahora conocemos la inmensa potencia de energía liberada por la fisión de las cubiertas electrónicas del núcleo de un átomo. Exactamente, semejante es la liberación de energía en el hombre por la separación de la cubierta física exterior de su organismo, de su núcleo, de su ‘yo’ desconocido. Tal separación es normalmente producida por la muerte, y los resultados incontrolables de esa fisión ya han sido estudiados antes.

Pero tanto en la fisión artificial del átomo como en la separación o aflojamiento artificial de la conciencia respecto del cuerpo —el problema es encontrar el choque suficientemente violento y penetrante para que se obtenga el resultado, y sin embargo conservar el experimento bajo control.

En el caso del hombre, el sufrimiento intenso totalmente dominado y debidamente dirigido, parece proveer el único choque de la intensidad requerida. Tal vez el amor más extático o la compasión pudieran servir; pero en tales casos, como se nos ha hecho notar, la compasión en realidad acepta un sufrimiento equivalente y parece no existir verdadera diferencia entre las dos fuerzas.

Evidentemente hay graves peligros. El inmenso choque que resulta de la fisión del átomo, debe efectuarse exactamente en el lugar preciso para arrojar el electrón fuera de su sistema. En forma semejante, en el caso del hombre, la aplicación de la gran fuerza del sufrimiento exactamente entre el principio de conciencia y sus manifestaciones corporales, para separar las dos, únicamente es posible después de una larga preparación moral y psicológica. Pues su aplicación equivocada, como en innumerables sectas de flagelantes y auto-martirizantes a través de la historia, solamente puede servir para mutilar el organismo psico-físico y fundir la conciencia con el cuerpo en forma inseparable. Ese, que es uno de los resultados más terribles de la experiencia prematura, es suficiente advertencia de que todo lo que se ha dicho no se refiere al hombre ordinario. El uso intencional del sufrimiento solamente resulta práctico en conexión con el trabajo de una escuela de regeneración y, aun así, solamente en un momento muy preciso.

El sufrimiento, como el calor, no es solamente un agente de fisión, sino también un agente fijador; hace posible el aflojamiento y la separación de los diferentes aspectos del hombre pero, también, en cierta forma, tiende a fundir su ego fundamental o individualidad indisolublemente con aquel aspecto hacia el cual ha gravitado durante el periodo de sufrimiento efectivo del dolor. Desde un punto de vista ordinario, su efecto es hacer permanentes esas actitudes que eran predominantes en esos momentos. La mutabilidad, que es a la vez debilidad y salvación del hombre ordinario, se pierde así. De tal manera que, en la forma en que se entiende ordinariamente, el sufrimiento puede destruir o construir a un hombre, según que él permita que su atención se fije en la carne doliente o con grande esfuerzo pueda transmutarla en ese principio de conciencia que es capaz de considerar el organismo físico y sus males desde un punto de vista objetivo y separado.

Este terrible poder decisivo del sufrimiento está muy bien descrito en la historia de los dos ladrones crucificados con Jesús, quienes, padeciendo iguales dolores, reaccionaron en diversa forma: Uno de ellos con amargura y el otro con devoción, por lo que, de acuerdo con la leyenda popular, uno fue condenado en tanto que el otro logró salvarse. De cualquier manera, la respuesta de Cristo al buen ladrón —“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”—, sugiere la idea adicional de que los grandes sufrimientos recibidos en debida forma pueden transmutarse en una energía de tal intensidad que neutralicen todas las huellas anteriores —así como el calor intenso puede fundir una placa de bronce y borrar para siempre la inscripción que aparecía grabada en ella.

Esta posibilidad de que el sufrimiento consuma el registro de errores pasados, del que el hombre no puede liberarse de ninguna otra forma, y a la vez de fijar permanentemente en él ciertas características que considera deseables, pero hasta entonces únicamente poseídas en forma esporádica, puede lanzar aun mayor luz sobre la idea del sufrimiento intencional en el momento de la aproximación de la muerte.

Aquellos hombres que llegaron a tan extraordinaria altura de comprensión, en diferentes campos, deben todos haberse hecho más tarde o más temprano la siguiente pregunta: “¿Cómo fijar permanentemente tal comprensión ante la enfermedad, la vejez y la disgregación que se aproxima?”. Los artistas intuitivamente, los maestros conscientemente, parecen haber llegado a la misma conclusión —que los sufrimientos elegidos deliberadamente, pueden proporcionar con exactitud ese fijador, ese mordiente con el cual las lecciones aprendidas en la vida pueden fijarse en forma indeleble en el material del ser humano. En verdad, Milarepa en su dolor, francamente canta:

Enfermedades…

Pero tienden a hermosearme grandemente…

Dones que aprovecho para ornamento de los signos de mi perfección…

Esta enfermedad que tan bien me viene,

Yo podría transferirla, pero no hay necesidad de hacerlo.

Hay dos cosas que, sin embargo, deben ser añadidas aquí para corregir la imagen. En primer lugar, el sufrimiento voluntario es sólo concebido para aquel que hace tiempo se liberó del sufrimiento involuntario —es decir, de la preocupación común, el miedo, la aprensión, la esclavitud de las opiniones de los demás, de la imaginación negativa, etc. La única actitud sana del hombre que se encuentra a merced de estas cosas, es un deseo de deshacerse de ellas lo antes posible y en su lugar confiar en los poderes superiores. De hecho, añadir sufrimiento intencional a toda esta carga implica una tendencia malsana e incluso patológica.

Sólo el hombre que está libre de todo esto se da cuenta de que es necesaria una nueva e inmensa fuerza motivadora para lo que debe llevarse a cabo, y el que empieza a pensar en la transmutación del dolor y el malestar, materias primas de las que el ser humano no carece.

Precisamente, la palabra “transmutación” sugiere otra calificación que debemos considerar para nuestro argumento. “Sufrimiento” es sólo una descripción de cómo ciertas experiencias llegan a nosotros y son percibidas desde nuestro punto de vista. Si en realidad éstas quedan en nosotros solo en “sufrimiento”, entonces fracasan en su propósito. Pero tenemos todas las razones para creer que traen con ellas la alegría, el éxtasis o alguna nueva emoción para la que no tenemos nombre, y que es de la misma intensidad o incluso mayor. ¿Cómo vamos, entonces, a describir un estado en el cual el dolor y la alegría están presentes en igual proporción, o en el que el sufrimiento físico está acompañado de éxtasis emocional? No tenemos manera para expresar ese tipo de estado.

“Tú oyes que he sufrido, sin embargo no sufrí; que no sufría, pero se me hizo sufrir; que fui atravesado, mas sin embargo no estaba herido; ahorcado, y no me colgaron; que la sangre manaba de mí, mas ella no fluía”, así se dice que Cristo habló en los Hechos apócrifos de Juan. “En una palabra, lo que ellos dicen de mí, no me sucedió, pero aquello que no dicen, eso sí lo sufrí”.

*   *   *

Otros, por razones especiales, tienen que ser menos explícitos. Después de muchos años dedicados a la enseñanza y explicación de estas ideas esotéricas a sus compañeros, un hombre al que conocí, pocos meses antes de su muerte, cesó de pronto de dar explicación alguna. Por un silencio y una separación casi absolutas, pareció aislarse de las fuerzas perturbadoras de la vida, que absorben el alma de todo hombre que no ha fijado en sí mismo su propio campo de conciencia.

Después, en el último mes, cuando su muerte era ya claramente cuestión de días, su debilidad extrema y sus dolores agudos y constantes, este hombre comenzó a emprender, sin explicación alguna, una serie de tareas que demandaban una resistencia casi incomprensible desde el punto de vista normal. Habiéndole prescrito un reposo absoluto, exigía que se le llevara día tras día, en excursiones campo a través por todas las casas en que había vivido durante su residencia en Inglaterra. En esas excursiones ni comía ni bebía, y a su vuelta, con frecuencia permanecía toda la noche sentado en el automóvil en la obscuridad y el frío. Cuando ya casi era incapaz de dar un paso, obligaba a su cuerpo moribundo a caminar torpemente durante una hora continua por caminos accidentados; le obligaba a levantarse en la madrugada, vestirse, ascender y descender largas escaleras; hacía día de la noche y requería de sus acompañantes tales esfuerzos de resistencia que ellos, en plena posesión de su salud y de su fuerza, apenas podían soportarlos.

Finalmente, en el día que previí que ocurriría su muerte, se levantó de la cama, se vistió y por pura fuerza de voluntad, alejando de su lado a quienes querían impedírselo, descendió, llamó a su alrededor a sus más íntimos amigos, a los cuales pudo comunicar muchas ideas en tal forma que cada uno percibía en ellas la solución de sus propios problemas. Después se retiró y al amanecer del día siguiente murió con pleno conocimiento de su fin.

El significado completo de esta conducta, ya sea para el hombre mismo o para los que se encontraban a su alrededor, debe quedar inexplicado para nosotros. Solamente puede decirse que con ello demostró ciertos poderes, tales como hablar a los otros sin palabras audibles y comunicarse con ellos a distancia, lo que normalmente se considera milagroso. Y, además, que esos poderes no los ejerció por la satisfacción de usarlos, sino como funciones de otro estado de conciencia y en relación con alguna tarea ejecutada en algún otro mundo.

Los sufrimientos pertenecen a la naturaleza del cuerpo físico u orgánico. Es el temor a ellos el que ata al hombre a la mortalidad. Aceptándolos intencionalmente, burla la naturaleza y la muerte. Demuestra la separación entre su voluntad y el poder de su cuerpo. Separa el alma y la pone en condiciones de llevar una existencia independiente en el mundo invisible. Se recuerda a sí mismo. En tal forma, el hombre puede preparase para la inmortalidad consciente.

Capítulo XI del libro “La Teoría de la Vida Eterna”, de Rodney Collin

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